¿Sabías que el Yôga tiene un mapa de ocho pasos que va mucho más allá de las posiciones físicas?
Hace siglos, un sabio de la India llamado Patañjali reunió en los Yôga Sutras una de las exposiciones más influyentes de la filosofía del Yôga. Aunque sabemos poco con certeza sobre su vida, su legado nos dejó una guía para comprender cómo entrenar el cuerpo, la respiración y la mente con un propósito que trasciende lo físico: la expansión de la consciencia.
En este texto, Patañjali presenta ocho partes del Yôga que se conocen como Ashtanga Yôga. Y hay algo fundamental que debemos comprender: no son ocho técnicas independientes ni una simple secuencia de ejercicios. Son ocho elementos de un mismo camino que funcionan de manera integrada.
Veamos en qué consiste cada uno.
1. Yama: los cinco principios éticos
Son cinco principios que orientan nuestra conducta y nuestra relación con los demás:
- Ahimsá: no agresión.
- Satya: verdad.
- Astêya: no robar.
- Brahmácharya: no disipación de la energía sexual.
- Aparigraha: no posesividad.
2. Niyama: las cinco disciplinas personales
Son prácticas orientadas al desarrollo individual:
- Shaucha: limpieza.
- Santôsha: contentamiento.
- Tapas: autosuperación.
- Swádhyáya: autoestudio.
- Íshwara pranidhána: autoentrega.
Los yamas y niyamas constituyen la base del proceso: antes de profundizar en las técnicas, se trabaja sobre nuestra conducta y nuestra manera de vivir.
3. Asana: la posición firme y confortable
Asana no consiste solamente en realizar posiciones físicas. Patañjali la define como una posición estable y confortable.
Esto implica aprender a permanecer quietos e inmóviles, sin reaccionar automáticamente ante cada impulso del cuerpo. Entrenamos nuestra capacidad de sostener una posición con estabilidad, superando los impulsos que nos llevan a cambiarla constantemente.
Este dominio del cuerpo crea las condiciones para avanzar hacia prácticas más sutiles.
4. Pránáyáma: la expansión de la bioenergía
Pránáyáma es el trabajo consciente sobre la respiración y, desde la perspectiva del Yôga, sobre la expansión y regulación de la bioenergía o prana.
Para alcanzar las metas más elevadas del Yôga, necesitamos energía y la capacidad de dirigirla conscientemente.
A través de las técnicas respiratorias, entrenamos nuestra capacidad de influir sobre nuestros estados internos y preparamos el terreno para profundizar en la práctica.
5. Pratyahara: la abstracción de los sentidos
Habitualmente, nuestra atención está dirigida hacia afuera, hacia lo que vemos, escuchamos, sentimos, olemos y saboreamos.
Pratyahara consiste en retirar progresivamente la atención de esos estímulos externos para dirigirla hacia nuestro interior.
Es como cerrar las cinco puertas de la percepción para dejar de depender constantemente de lo que ocurre afuera y enfocarnos en lo que está sucediendo dentro de nosotros.
6. Dháraná: la concentración mental
Una vez que conseguimos interiorizar la atención, comienza el trabajo directo con la mente.
Dharana consiste en concentrar la mente sobre un objeto, una idea o un punto determinado, evitando que se disperse constantemente entre pensamientos y estímulos.
Es el entrenamiento de la capacidad de dirigir y sostener nuestra atención.
7. Dhyána: la meditación y la primera expansión de la consciencia
Cuando la concentración se vuelve continua, sin interrupciones constantes, entramos en dhyána: la meditación.
En la tradición del Yôga, este estado permite acceder a niveles más profundos de consciencia, trascendiendo progresivamente nuestra experiencia mental habitual.
La atención deja de ser un esfuerzo constante y se transforma en una continuidad de la consciencia sobre aquello en lo que estamos enfocados.
8. Samadhi: la hiperconsciencia
Samadhi representa una profundización aún mayor de este proceso.
Se describe tradicionalmente como un estado de consciencia profunda en el que nuestra percepción habitual de separación se transforma y experimentamos una integración con aquello que observamos.
Yôga significa unión. Y samadhi representa la culminación de ese camino: una experiencia de unión con uno mismo y de conexión con la totalidad, con todo lo que nos rodea y con el universo.
Ocho partes, un solo camino
Es importante comprender que estas ocho partes no funcionan de manera aislada. Todas forman parte de un mismo proceso de desarrollo.
Los principios éticos orientan nuestra conducta. Las disciplinas personales fortalecen nuestro carácter. Ásana desarrolla la estabilidad corporal. Pránáyáma nos permite trabajar con la respiración y la bioenergía. Pratyahara dirige nuestra atención hacia el interior. Y, a partir de ahí, dháraná, dhyána y samadhi profundizan progresivamente nuestra relación con la mente y la consciencia.
El Yôga es un entrenamiento integral del ser humano.
No se trata solamente de mejorar el cuerpo, respirar mejor o aprender a meditar. Se trata de desarrollar nuestras capacidades físicas, mentales y emocionales para ampliar nuestra manera de percibir, comprender y experimentar la vida.
Un camino que no se limita a la práctica sobre un mat, sino que podemos incorporar a nuestra manera de actuar, pensar, sentir y relacionarnos con el mundo.
Y que se construye, paso a paso, con práctica y disciplina.