El tiempo: intangible, fugaz y valioso.

El tiempo es algo difícil de encasillar en una consideración. Intangible, fugaz, relativo, valioso, flexible, ambiguo… Podríamos compararlo con un ave, que eternamente vuela.


El hombre, ha logrado medir el tiempo mediante tecnologías diversas y paradójicamente, como una venganza de quien no quiere ser apresado, el tiempo es quien ahora domina al hombre. Regulado por el reloj, se ha transformado en una mercancía de mucho valor. Algo lineal y mensurable como en algún momento de la historia definió Benjamín Franklin al decir el tiempo es dinero.

Desde hace décadas se trabaja contra reloj, sin embargo, definiciones del recordado filósofo Heródoto ilustran una diferencia conceptual sobre el tiempo y la actividad productiva: decía el historiador de Halicarnaso que en aquellas épocas se medía al tiempo por lo que el sujeto producía y no lo contrario. Como vemos, el tiempo es fugaz, vago, impreciso y de difícil captura. Con una clara apreciación, el genial Albert Einstein ejemplificaba: …cuando te sientas dos horas junto a una muchacha agradable, te parecen dos minutos. Cuando te sientas dos minutos sobre una plancha caliente, te parecen dos horas. Eso es la relatividad. Este análisis del tiempo y su valor, me conduce al valioso momento especial para la comunicación.

El instante preciso para interferir en la vida del otro. Puede ser por medio de una caricia, un abrazo, una mirada expresiva, una palabra aleccionadora, un llamado de atención, un consejo o tantas otras posibilidades como diversas son nuestras maneras de comunicarnos. Lo importante es sentirlo, tener la sensibilidad de percibir cuándo el receptor está permeable a aquello que estamos generando y transmitiéndole.

De nada valdrá insistir, y mucho menos si recurrimos a la agresión, la fuerza o la violencia. El receptor se bloqueará y construirá la más inexpugnable coraza que consiga. Como un antiguo fuerte medieval, levantará sus puentes levadizos, cerrará sus portalones y tratará de defender su posición con energía, sin analizar la naturaleza de lo que su paradigma está considerando un ataque.

Por ello, debemos desarrollar la sensibilidad del conocimiento correcto. De conocer al otro, de comprenderlo imaginando que somos él y descubrir qué siente.

En mis años de liderar grupos humanos, descubrí el valor del “mejor momento” para establecer contacto y lograr la verdadera comunicación. ¿Sabemos comunicarnos o estamos condicionados a imponer nuestras opiniones a ultranza? Para empezar, lo mejor es bajar la ansiedad y la emocionalidad que producen las elevadas expectativas. El paso siguiente, administrar la palabra que brota de nuestra garganta, alimentada por condicionamientos que impiden la certeza del análisis correcto.

Muchas veces habrá que aguardar el momento ideal. Otras, bastará simplemente incorporar una de las más poderosas tecnologías de avanzada: sonreír con sinceridad y esperar a que el puente baje y el portón se abra. Puedo asegurar que será más fácil que corazones y mentes establezcan sintonía. Todo grupo necesita aprender a generar vínculos inteligentes, de comprensión y de uniones constructivas. La Era de la Comunicación, es hoy.

Hasta la próxima.

Texto por Edgardo Caramella

Blog Edgardo Caramella